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Textura de grano sutil

CAPÍTULO ESPECIAL 3

MMGVO

    Indagando en el baúl de los recuerdos, Sofi encontró una caja de cartulina. Era una caja sencilla, nada particularmente hermoso, ni nada que, visto desde afuera, pudiera explicar por qué había sobrevivido tantos años. Pero Sofi sabía lo que había dentro: promesas, fotografías, detalles y pequeños objetos que alguna vez habían significado muchísimo. Era, en cierta forma, una cápsula de tiempo, una caja que guardaba la historia de un amor que para Sofi había sido especial, aunque durante mucho tiempo se negara a reconocer que, en aquella historia, quizás ella había sido la villana.

 

Sofi abrió la caja y apareció Víctor Hugo. O, como ella solía llamarlo: su Burrito de Shrek, El Feo, su Shrek. Víctor Hugo nunca había sido el tipo de hombre que Sofi acostumbraba buscar; no tenía el físico que normalmente le atraía ni encajaba en aquella idea de príncipe azul que ella había construido en su cabeza. Pero quizás por eso aquella historia siempre tuvo algo de extraño. Víctor Hugo no era un príncipe, era su bestia; solo que, a diferencia del cuento, no necesitaba convertirse en otra persona para quererla. La trataba como una princesa desde el primer día y lo hacía sin necesidad de ser un hombre deslumbrante, porque Víctor Hugo tenía sus defectos, muchísimos, pero poseía algo que Sofi tardaría años en comprender: sabía quererla a su manera. Con detalles caros, baratos, comprados o hechos a mano, con flores, sorpresas, tiempo, presencia y con esa clase de atención que no siempre se puede comprar.

 

La vida con él parecía una colección de pequeñas aventuras. Un día podían estar subiendo el Waraira Repano, perdiéndose entre el frío y la montaña, para terminar sentados en un restaurante elegante de Galipán. Otro día podían estar en El Hatillo, riéndose como niños en un parque de juegos; o después pasar toda una noche viajando hasta los cayos de Tucacas porque se les había ocurrido que necesitaban ver el mar. Alguna vez, incluso, se escaparon juntos a Guarenas: un hotel, un fin de semana de juegos, películas, comida, dormir y despertar juntos, disfrutando de esa intimidad sencilla que aparece cuando dos personas pueden pasar horas haciendo absolutamente nada y aun así sentir que están haciendo algo importante.

 

Víctor Hugo también llenó de flores azules la vida de Sofi: ramos enormes, pequeños, o una sola flor. A veces no necesitaba una ocasión especial, simplemente aparecían como si él estuviera decidido a recordarle constantemente: Te vi. Pensé en ti. Esto es para ti. Visto desde afuera, parecía el hombre perfecto, y probablemente por eso todo el mundo envidiaba aquella relación. Pero había un problema enorme: Sofi nunca estaba conforme. Y no era porque Víctor Hugo no hiciera suficiente, sino porque Sofi no estaba enamorada de él.

 

Esa era una verdad mucho más cruel que durante mucho tiempo no quiso admitir. Cuando alguien no nos gusta de verdad, ocurre algo terrible: podemos tener delante exactamente aquello que alguna vez soñamos y aun así encontrar algo de qué quejarnos. El viaje puede ser demasiado largo, el restaurante demasiado elegante, el regalo no ser el imaginado, las flores muchas o pocas, el hotel no muy bonito, la película aburrida o la comida fría. El plan puede ser perfecto y, aun así, algo nos molesta, no porque el plan esté mal, sino porque estamos buscando una razón para sentir que algo está mal. Y Sofi hacía eso constantemente. Víctor podía llevarla a un lugar increíble y ella encontraba un detalle que criticar; podía sorprenderla con un regalo y ella pensaba en lo que faltaba; podía llenar su vida de flores y Sofi se preguntaba por qué no había hecho algo más. Podía darle todo aquello que una vez dijo querer y ella seguía mirando hacia otro lado. Era injusta y lo sabía, aunque prefiriera no reconocerlo.

 

Víctor Hugo tenía una necesidad mucho más sencilla: quería sentirse querido, que Sofi lo tomara de la mano, recibir un cumplido, atención y cariño; quería sentir que ella también lo elegía. Muchas de las pocas peleas que tenían nacían precisamente de eso: Víctor reclamándole afecto, Sofi sintiéndose presionada, él preguntándose por qué le costaba tanto demostrarle cariño y ella, en vez de preguntarse por qué no podía darle lo que él necesitaba, encontraba otra razón para molestarse. Además, Sofi le había sido infiel más de una vez. Víctor lo sabía y aun así permanecía, hasta que ocurrió algo que, con los años, ella recordaría como el día en que el karma decidió sentarse frente a ella.

 

Aquella mañana Sofi iba a encontrarse con un chico que había conocido en una aplicación. La cita no tenía nada de especial, o al menos eso pensaba ella, hasta que descubrió que el chico era amigo de Víctor Hugo. En lugar de guardar silencio, el chico decidió contarle todo a Víctor, enviándole las pruebas, las conversaciones, los mensajes y los detalles. Víctor Hugo lo vio todo, pero en lugar de escribirle un mensaje furioso, insultarla o terminar la relación por WhatsApp, hizo algo que Sofi jamás olvidaría: se presentó en su casa con desayuno para dos.

 

Sofi abrió la puerta y lo encontró allí con la comida en las manos. Por un instante no entendió nada, hasta que Víctor dijo: —Tenemos que hablar—. Sofi supo inmediatamente que aquello no era un desayuno, sino un interrogatorio. Víctor comenzó a hacer las preguntas que cualquiera haría al descubrir algo así. Sofi lo negó todo, absolutamente todo. —¿Eres capaz de creer en alguien más y no en mí, que soy tu novia?— Víctor la miró sin gritar ni levantar la voz, y solo respondió: —No lo sé. Te he visto mentir con total facilidad delante de mí y hacer ver que dices la verdad. Me cuesta creerte—.

 

Aquella frase la destruyó. Sofi comenzó a llorar, abrió la puerta de su casa y dijo: —Si no crees en mí, puedes retirarte—. Víctor se quedó inmóvil. Sofi respiró profundamente y agregó: —Eso sí. Al cruzar esa puerta, el nosotros dejará de existir—. Aunque aquellas palabras sonaron como una amenaza, en realidad eran una súplica; ella no quería que se fuera ni que la relación terminara. Víctor la miró y después le pidió su teléfono. Sofi dudó, pero se lo entregó. Para ese momento, ella ya había limpiado cualquier evidencia: mensajes eliminados y conversaciones borradas. Víctor revisó, no encontró nada y tomó la decisión de creerle. Bloqueó al amigo, lo eliminó de todas partes y se quedó. Ese día pudo haberse ido o terminado todo, pero decidió quedarse con Sofi, quien aceptó aquel perdón sin confesar la verdad.

 

Pasaron los días, las semanas y los meses, con aquel secreto guardado dentro de ella, hasta que llegó una noche especial en que celebraban una fecha importante. Habían intercambiado regalos y se sentaron a comer su menú favorito: hamburguesas de pollo y sushi, una combinación que para cualquiera habría parecido extraña, pero para ellos era perfecta. Víctor la miró mientras comían y dijo algo que Sofi no esperaba: —Yo siento que el día en que no pueda cumplirte un capricho o pagarte algo que quieras, tú me vas a dejar—.

 

Sofi se rio diciendo que no era verdad, pero mientras lo hacía, algo dentro de ella se quedó en silencio. Por primera vez pudo verlo realmente: no como el hombre al que comparaba con otros, ni como el Burrito de Shrek que no encajaba en sus estándares, sino como la persona que siempre había estado allí. El hombre que había llenado su vida de flores azules, el que había organizado viajes, el que había llevado desayunos cuando podía haber llevado rabia, el que había perdonado cosas que quizás no merecían perdón y el que pedía cariño porque quería sentirse amado.

 

Entonces Sofi entendió algo terrible: Víctor Hugo era el hombre que siempre había dicho que quería, solo que ella había tardado demasiado en darse cuenta. Todo aquello que antes encontraba insuficiente comenzó a parecerle hermoso: los viajes, las flores, los regalos, los detalles, las hamburguesas, el sushi, las noches viendo películas, las escapadas e incluso sus discusiones. Todo adquirió otro significado y, por primera vez, pudo mirar a Víctor con los mismos ojos con los que él la había mirado durante tanto tiempo: con admiración, ternura, orgullo y amor. Pero la revelación llegó tarde, porque descubrir que alguien era exactamente lo que necesitabas después de haberlo herido tantas veces no convierte mágicamente tus errores en algo menos doloroso.

 

Sofi cerró los ojos, volvió a mirar la caja y se rio con una risa pequeña, extraña y casi nostálgica. Había algo que siempre le había llamado la atención de aquella relación: Víctor Hugo era el único hombre del que nunca había hablado realmente mal, el único al que nunca llegó a odiar y el único que, incluso después de terminar, conservaba un lugar limpio dentro de sus recuerdos. Quizás eso decía más de Víctor que de ella. Había hombres que habían pasado por su vida dejando heridas, rabia, vergüenza o preguntas; Víctor había dejado recuerdos y una deuda que Sofi sabía que nunca podría pagar, porque si algo había aprendido era que pedir perdón no siempre significa tener derecho a ser perdonado.

 

Hoy habían vuelto a cruzar palabras, pero no precisamente las que Sofi habría querido decirle. Todavía necesitaba decir un perdón, un reconocimiento, un "tenías razón", un "no supe valorarte" o un "lo siento". Pero también sabía que algunas puertas no se cierran para que uno pueda volver a abrirlas cuando finalmente aprende la lección. Víctor Hugo había cerrado la suya hacía mucho tiempo y quizás eso era lo más justo.

 

Sofi volvió a guardar las fotografías dentro de la caja. Las flores ya no existían, los regalos habían envejecido, los viajes se habían convertido en recuerdos y las noches habían terminado, pero aquella historia seguía allí, guardada entre cartulina, fotografías y pequeñas promesas. Una historia en la que Víctor Hugo había intentado convertir cada día en una aventura y Sofi, aun teniendo delante todo lo que alguna vez había soñado, había conseguido encontrar siempre algo de qué quejarse. A veces no es que la vida no nos dé lo que queremos; a veces la vida nos lo pone enfrente y nosotros todavía no tenemos los ojos para reconocerlo.

 

Sofi cerró la caja y por primera vez no sintió ganas de cambiar nada de aquella historia, ni siquiera sus errores. Algunos recuerdos no existen para que volvamos a ellos; existen para recordarnos quiénes fuimos y quiénes no queremos volver a ser.

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