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Textura de grano sutil

CAPÍTULO 4

KIKI

            Marzo no llegó de repente. Hacía meses que la relación se estaba rompiendo, solo que ninguno de los dos había tenido el valor —o las ganas— de decirlo en voz alta. No hubo una gran pelea, no hubo platos contra la pared, gritos en medio de la noche ni una puerta cerrándose con suficiente fuerza como para anunciar el final. Fue algo mucho más silencioso, y por eso mismo, mucho más cruel.

 

La relación empezó a perder temperatura. Primero fueron los pequeños cambios: los mensajes que tardaban un poco más en llegar, las conversaciones que terminaban antes, los planes que comenzaban a posponerse... Los «después hablamos», los «estoy cansado», los «necesito tiempo». Luis comenzó a pedir espacio y Sofi comenzó a sentir que aquel espacio tenía nombre y apellido: distancia. Cuanto más él se alejaba, más ella intentaba acercarse. Era una danza extraña donde uno avanzaba y el otro retrocedía, uno preguntaba y el otro se cerraba, uno intentaba salvar la conversación y el otro la daba por terminada. Y así, poco a poco, la relación dejó de parecerse a un lugar donde ambos querían estar para convertirse en un territorio que ninguno sabía cómo habitar.

 

—Necesito tiempo. Sofi escuchó aquella frase tantas veces que terminó aprendiendo a traducirla. A veces significaba: «No sé qué quiero». Otras: «No quiero hablar contigo». Y algunas noches, las peores: «Ya no siento lo mismo, pero todavía no sé cómo decírtelo». Al principio, Sofi intentó comprender. Todos necesitamos tiempo, silencio y respirar; pero existe una diferencia entre necesitar espacio y utilizar el espacio para evitar una conversación. Sofi nunca supo exactamente en qué lado estaba Luis, y esa incertidumbre comenzó a consumirla porque no sabía si debía esperar, insistir, marcharse o qué significaba siquiera aquella relación.

 

Había días en los que Luis parecía quererla con la misma intensidad de antes, y había otros en los que su presencia parecía un trámite. Sofi comenzó a vivir pendiente de sus cambios: de sus mensajes, de sus silencios, de la hora en que aparecía conectado, de cuánto tardaba en responder, de si ponía un punto al final de una oración, de si decía «te quiero» o simplemente «tk», de las palabras que había dejado de utilizar y de las que ahora utilizaba demasiado. El amor se había convertido en una investigación, y Sofi se estaba quedando sin fuerzas para seguir investigando.

 

Pero había algo que dolía incluso más: sus proyectos, sus ideas, su creatividad. Todo aquello que alguna vez había sentido como parte esencial de sí misma comenzó a convertirse, para Luis, en algo secundario. Sofi hablaba de sus sueños con esa emoción que solamente tienen las personas cuando todavía creen que algo puede suceder; contaba sus ideas, mostraba referencias, imaginaba proyectos y hablaba de cosas que quería crear. Muchas veces, del otro lado, encontraba silencio. No entusiasmo, no curiosidad: silencio. A veces, incluso, desprecio.

 

Cuando alguien desprecia las cosas que amas, sucede algo peligroso: empiezas a esconderlas. Primero dejas de contar tus ideas, después dejas de compartir tus planes, luego comienzas a borrar cosas antes de enseñarlas, después empiezas a preguntarte si realmente eran buenas y finalmente llega el momento en que descubres que estás haciendo tu vida cada vez más pequeña para que quepa dentro de una relación. Sofi no quería hacerlo, pero comenzó a hacerlo un poco cada día, hasta que un día se dio cuenta de que estaba pidiendo permiso incluso para ser ella misma. Eso fue lo que más miedo le dio, porque había amado a Luis muchísimo, pero no quería desaparecer dentro de ese amor.

 

Marzo llegó con esa clase de cansancio que no se quita durmiendo. Sofi estaba agotada; no de Luis, sino de intentar entender a Luis, de intentar adivinarlo y de intentar salvar algo que parecía estar muriendo mientras ella todavía le hacía respiración boca a boca. No hubo un momento exacto en el que decidió rendirse: fue la acumulación de las conversaciones incompletas, las promesas que nunca terminaban de convertirse en hechos, los silencios, la distancia, el espacio y la sensación insoportable de estar luchando por una relación en la que ya solamente quedaba una persona peleando.

 

Una tarde lo miró y sintió algo que le resultó casi más doloroso que la tristeza. Lo vio, realmente lo vio, y por primera vez no vio al hombre del principio, ni al chico del restaurante, ni al hombre con quien alguna vez imaginó una boda. Vio a alguien que parecía estar allí por costumbre, y la costumbre es una de las formas más crueles de permanecer, porque alguien puede quedarse contigo sin estar realmente contigo. Aquella noche Sofi dejó de preguntarse «¿Cómo podemos arreglar esto?» y empezó a preguntarse «¿Cuánto tiempo más puedo vivir así?». La respuesta llegó sin necesidad de pensarlo demasiado: no mucho.

 

En abril llegó la ruptura, pero para Sofi la relación había terminado mucho antes; la ruptura oficial solamente fue el momento en que todos tuvieron que aceptar lo que ella llevaba meses sintiendo. Luis cerró la puerta y Sofi se quedó del otro lado. Esta vez no había un anillo, no había una boda, no había una promesa capaz de detenerlo: solo silencio. Un silencio enorme, de esos que después de una relación parecen ocupar toda una casa. Durante días Sofi caminó por los espacios que habían compartido como quien visita un lugar abandonado. Todo tenía una memoria: una taza, una fotografía, una canción, una conversación, una esquina, un restaurante, un olor... Hasta las cosas más insignificantes parecian tener una historia.

 

Entonces llegó el hospital. El cuerpo terminó diciendo aquello que Sofi llevaba demasiado tiempo intentando callar. La ansiedad, la tristeza, el agotamiento y la desesperación que durante meses había intentado sostener con una sonrisa terminaron encontrando una salida, porque el cuerpo también tiene una manera de decir «Ya no puedo más». Sofi estaba allí, enfrentando su propia fragilidad, y en algún lugar de su cabeza todavía existía una esperanza absurda de que Luis apareciera, no para volver ni necesariamente para arreglar las cosas, ni siquiera para decir que la amaba, sino solo para demostrar que le importaba.

 

Miró su teléfono y esperó una vez, después otra, y otra, como había esperado tantas veces, pero el mensaje no llegó. Entonces entendió algo que dolía más que la propia ruptura: la indiferencia puede ser más cruel que una despedida. Una despedida significa que alguien reconoce que te está dejando; la indiferencia significa que quizás ya se fue mucho antes. Sofi apagó la pantalla y por primera vez no sintió ganas de escribirle. Sintió vergüenza de haber esperado, no por haberlo amado, sino por haber creído que todavía tenía que demostrarle cuánto le dolía para que pudiera importarle.

 

Entonces apareció una verdad incómoda: hay personas que pueden amarte profundamente en un momento de tu vida y, aun así, ser completamente incapaces de cuidarte cuando más lo necesitas. Luis podía haber sido importante, real y haberla amado, pero nada de eso cambiaba el hecho de que ya no estaba. La historia había terminado; el problema era que la historia todavía no había terminado dentro de la cabeza de Sofi.

 

Durante las semanas siguientes siguió revisando el teléfono, las redes, las fotografías y los mensajes viejos, buscando respuestas donde ya no quedaban preguntas. A veces encontraba una fotografía, un comentario o una conversación olvidada, y volvía a empezar: era como rascar una herida para comprobar si todavía dolía. Hasta que una noche, cansada de sí misma, dejó el teléfono sobre la cama. No quería pensar, no quería llorar, no quería entender nada; solo quería salir.

 

Entonces recibió un mensaje: una invitación. No era simplemente una fiesta, era un kiki, y la temática tenía un nombre que le hizo soltar una pequeña carcajada: FUCK LU MH. Sofi leyó el mensaje dos veces y murmuró: «¿En serio?». Abajo aparecía la información: una noche de Ballroom con categorías de Vogue Fem, Old Way, Face, Runway y Sex Siren, acompañada de una última línea: «Ven como quieras. Baila como quieras. Hoy nadie viene a portarse bien». Sofi estuvo a punto de rechazar por costumbre, por tristeza, por miedo y por esa versión de ella que llevaba meses preguntándose qué pensaría Luis, pero se dio cuenta de algo: Luis ya no estaba y ella todavía seguía pidiéndole permiso. Así que escribió: «Voy».

 

La noche estaba pintada de rosa. Las luces de la entrada teñían las paredes de fucsia, violeta y azul eléctrico, y desde afuera ya podía escucharse el bajo, que no era una música que simplemente sonara, sino que parecía empujar las paredes. Cuando Sofi entró, entendió inmediatamente que aquello era un universo: había personas trans, lesbianas, gays, no binarias y queers; cuerpos que desafiaban las formas en las que el mundo había intentado clasificarlos, personas que habían convertido la ropa en lenguaje, el maquillaje en armadura, el cuerpo en discurso y la pista en territorio propio.

 

Había tacones imposibles, botas altas, pelucas, uñas larguísimas, piel cubierta de glitter, trajes perfectamente cortados, looks extravagantes, rostros afilados por el maquillaje, cuerpos pequeños, grandes, masculinos, femeninos o que no necesitaban ser ninguna de las dos cosas. Todo coexistía, todo brillaba y todo parecía decir «Aquí puedo ser quien soy». Sofi se quedó unos segundos junto a la entrada observando, y sintió algo extraño: no estaba acostumbrada a un lugar donde nadie pareciera pedir disculpas por existir.

 

—¡VOGUE FEM! —gritó alguien desde el centro de la pista. La música cambió, una persona entró y las manos comenzaron a moverse mientras el cuerpo se volvía precisión, líneas, actitud, dramatismo y pose; era como ver una conversación hecha con el cuerpo. Cuando terminó, alguien respondió «¡OLD WAY!» y la pista volvió a abrirse. Después gritaron «¡FACE!» y los rostros se convirtieron en protagonistas con miradas, expresiones, ángulos y seguridad. La gente gritaba, aplaudía, señalaba y celebraba sin vergüenza ni timidez, solo con presencia. Luego sonó «¡RUNWAY!» y la pista pareció una pasarela con tacones golpeando el suelo, caderas, hombros, vueltas y poses donde cada persona caminaba como si hubiera nacido para que el mundo la mirara. Sofi sonrió, y entonces escuchó el último grito: «¡SEX SIREN!». La reacción fue inmediata con gritos, risas y aplausos que volvieron la noche todavía más eléctrica. Sofi no sabía exactamente qué estaba mirando, pero sabía que quería seguir mirando porque aquello tenía algo que había olvidado que existía: libertad.

 

Alguien se acercó a ella y le preguntó: «¿Primera vez?». Sofi asintió. «Se nota... Estás mirando como si hubieras descubierto otro planeta». Sofi soltó una carcajada y respondió: «Quizás sí». La otra persona sonrió, le dijo «Entonces deja de mirar», le extendió la mano y añadió: «Entra». Sofi dudó un segundo, dos, y finalmente tomó su mano y entró. No sabía bailar, ni hacer Vogue, ni caminar como una modelo, ni qué hacer con los brazos, pero por primera vez en meses tampoco le importaba. Se movió mal, después peor, y terminó riéndose de sí misma. Alguien gritó «¡Eso, baby!», otra persona aplaudió y Sofi volvió a intentarlo sin pensar, sin calcular, sin preguntarse cómo se veía y sin imaginar qué habría dicho Luis. Ahí estuvo la diferencia: durante meses había vivido observándose desde los ojos de otra persona, y aquella noche volvió a habitar su propio cuerpo.

 

La música subió, el rosa de las luces se volvió casi insoportable, el sudor comenzaba a mezclarse con el glitter y las voces se confundían entre las categorías de Vogue Fem, Old Way, Face, Runway y Sex Siren. Cada grito parecía arrancarle una pequeña parte de tristeza. Sofi bailaba, reía, miraba, aprendía, y en algún momento se dio cuenta de algo: llevaba horas sin pensar en Luis. No había revisado el teléfono, no había imaginado qué estaría haciendo ni había preguntado si había visto alguna de sus historias. Nada. Por primera vez desde la ruptura, Luis no ocupaba el centro de su cabeza, y ese pequeño vacío que había dejado su ausencia no se sentía vacío: se sentía como espacio, espacio para ella.

 

Más tarde salió a tomar aire. La ciudad estaba húmeda, las calles brillaban bajo las luces y desde adentro todavía llegaban los golpes de la música. Sofi miró el cielo, respiró y sonrió. No porque estuviera completamente bien —no lo estaba, todavía tenía heridas, preguntas y noches en las que probablemente volvería a llorar—, pero algo había cambiado: ya no quería recuperar la vida que tenía antes, quería descubrir la que podía tener después.

 

El teléfono vibró dentro de su bolso. Lo sacó y por un instante apareció el viejo reflejo, la ansiedad, la expectativa y el corazón acelerado. Miró la pantalla: no era Luis. Sorprendentemente, no sintió decepción. Guardó el teléfono sin revisar nada más. Desde la entrada alguien volvió a gritar «¡RUNWAY!» y la música explotó. Sofi sonrió y regresó, porque aquella noche había entendido algo que nadie podía enseñarle: no necesitas estar completamente reparada para volver a vivir. A veces basta con una canción, una noche, un kiki, un espacio donde nadie te pida que seas menos, una comunidad que te recuerde que tu cuerpo también puede ser celebración, y una versión de ti que todavía no conocías.

 

Sofi volvió a entrar. La noche seguía siendo rosa, la pista seguía llena y las categorías seguían llamándose. Entre luces, cuerpos, música y gritos, Sofi dejó de mirar hacia la puerta por donde Luis se había ido. Por primera vez, miró hacia la pista y caminó hacia ella, no para olvidar a Luis —eso vendría después—, sino para recordar a Sofi.

Página de diario manuscrita fechada el 18 de mayo de 2021.
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