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Textura de grano sutil

CAPÍTULO ESPECIAL 2

X EL BOQUETE

        Continuemos en el baúl de la memoria, porque hay recuerdos que no se guardan junto a los demás: se esconden, se meten en un rincón, se cubren con otras historias y uno intenta convencer al tiempo de que, si pasa suficiente, aquello dejará de importar. Pero no siempre funciona. Hay recuerdos que permanecen vivos porque no hablan solamente de lo que ocurrió, sino de lo que necesitábamos, y este recuerdo habla de eso: de una carencia, de una necesidad, de una Sofi que llevaba demasiado tiempo preguntándose por qué la persona que amaba podía estar a su lado y, aun así, sentirse tan lejos.

 

Todo comenzó con un mensaje. Sofi todavía estaba intentando entender el engaño de Luis con Winder, todavía tenía aquella escena atravesada en la cabeza: el teléfono, las conversaciones, la culpa en los ojos de Luis y la explicación: «No sabía si estábamos juntos». Y entonces apareció Ricky. Ricky no era cualquier persona, era el ex de uno de los amigos de Luis y entre Ricky y Luis existía una rivalidad enorme, una de esas rivalidades que parecían venir de mucho antes de que Sofi pudiera entenderlas, como si Roma y Grecia hubieran vuelto a encontrarse en el campo de batalla. Sofi sabía perfectamente quién era, sabía que Luis no lo soportaba y sabía que hablar con él podía traer problemas, pero abrió el mensaje.

 

Ricky quería desahogarse, hablar de su ruptura y explicar lo que había ocurrido. Sofi escuchó, respondió y poco a poco la conversación cambió: entre las palabras aparecieron cumplidos, después piropos y Sofi respondió de la manera que mejor sabía hacerlo cuando alguien conseguía despertar su curiosidad: coqueteando. Una respuesta juguetona, una sonrisa escrita, una provocación disfrazada de broma; y la conversación continuó.

 

Pasaron semanas hasta que Ricky la invitó a salir cerca de la casa de Luis. Sofi sabía que Luis todavía estaba trabajando, pero aceptó. Se encontraron y comenzaron a hablar durante horas de todo: de sus historias, de sus relaciones, de cosas absurdas, de cosas serias, de personas, de sueños, de heridas y de cualquier cosa que apareciera. La conversación fluía y eso, para Sofi, era casi una experiencia nueva. No tenía que perseguir las palabras ni hacer diez preguntas para conseguir una respuesta: Ricky preguntaba, Sofi respondía; Sofi preguntaba, Ricky respondía, y siempre aparecía algo más.

 

Cuando llegó el momento de despedirse, Ricky se ofreció a acompañarla lo más cerca posible de la casa de Luis. Caminaron un poco más en una noche tranquila hasta que se detuvieron. Ricky la miró, Sofi sostuvo la mirada y no hubo necesidad de preguntar. Él se acercó y la besó. El primer contacto fue breve, como si estuviera comprobando si ella quería quedarse; Sofi no se apartó, así que él volvió a besarla, esta vez con más intensidad. Sofi sintió cómo el mundo alrededor parecía alejarse mientras la respiración de ambos se mezclaba: sus manos encontraron su cintura, ella llevó una mano hacia su cuello y durante unos segundos no existió nada más —ni Luis, ni la discusión, ni Winder, ni las preguntas—, solo aquel beso lleno de deseo, de esos que no parecen pedir permiso porque ambos cuerpos ya han respondido antes que las palabras.

 

Sofi abrió los ojos apenas un instante, lo miró y volvió a acercarse. Había algo especialmente extraño en aquel momento: Ricky era unos centímetros más bajo que ella, pero cuando la acercaba hacia él, Sofi no sentía ninguna diferencia. La forma en que la besaba era exactamente como a ella le gustaba: con intensidad, con hambre, con una seguridad que no necesitaba ser agresiva. Luis, en cambio, siempre había dicho que besar le daba asco, y Sofi había aprendido a no pedir aquello que sabía que él no quería darle; ahora estaba descubriendo cuánto había extrañado algo tan sencillo como un beso que no pareciera una obligación, un beso que dijera: «Te quiero aquí».

 

Después continuaron hablando, y aquello fue casi más peligroso que el beso, porque Ricky no solamente había conseguido despertar su deseo, sino también su conversación. Sofi podía hablar con él durante horas, contarle una historia y recibir otra a cambio, hacer una pregunta y encontrar una respuesta, contar un chisme y descubrir que había otro; era exactamente lo que siempre había querido con Luis. Los primeros dos meses de aquella relación habían sido así: videollamadas nocturnas, llamadas inesperadas, conversaciones interminables y besos lanzados a través de la pantalla («Te mando un beso», «Yo otro»). Pero con el tiempo Luis comenzó a decir que aquello era fastidioso, que no le gustaba que lo llamaran y que solamente quería llamadas cuando fuera para un chisme, así que Sofi empezó a guardar sus historias, a tragarse sus preguntas y a medir sus palabras. Cuando preguntaba «¿Qué hiciste hoy?», la respuesta era «Nada, amor»; cuando preguntaba «¿Cómo te fue?», la respuesta era «Bien, amor», y se terminaba. Pero Sofi no quería respuestas, quería historias, detalles, saber qué había pasado, qué había pensado, qué le había dado risa o qué lo había molestado; quería discutir sobre cualquier tontería y ser esa pareja que se queda hablando hasta que se hace de madrugada sin darse cuenta. Y mientras Luis decía estar demasiado cansado para hablar con ella, Sofi descubría que él podía pasar horas despierto conversando por videollamada con un chico al que le gustaba. Supuestamente no pasaba nada, supuestamente eran amigos, aunque aquel chico siempre preguntaba «¿Cuándo vas a dejar a tu novia?». Sofi lo sabía y callaba.

 

Mientras tanto, Ricky seguía hablando con ella y Sofi comenzó a llorar: lloraba con sus compañeras de trabajo y lloraba con sus dos únicas amistades cercanas porque empezaba a entender que aquello que deseaba no era imposible, simplemente no lo estaba encontrando donde más quería encontrarlo. Quería atención, conversación, deseo, curiosidad; quería sentirse mirada, no vigilada: mirada.

 

Volvió a ver a Ricky, esta vez en su casa mientras estaban solos. Hablaron durante un rato, pero la conversación fue cambiando: las palabras se hicieron más lentas, las miradas duraron más y la distancia entre ambos comenzó a desaparecer. Ricky se acercó y Sofi retrocedió un paso hasta sentir la pared detrás de ella. Él quedó frente a ella y no dijo nada durante unos segundos, solo la miró, y aquella mirada consiguió hacer algo que Sofi ya casi había olvidado: hacerla sentir hermosa sin necesidad de que él pronunciara una sola palabra. Después la besó y Sofi correspondió en un beso diferente, más intenso, más atrevido y más consciente. Ricky la sostuvo cerca de él: una mano recorrió lentamente su espalda mientras la otra la mantenía cerca. Sofi sintió un escalofrío no por miedo, sino por la sensación de estar siendo deseada.

 

Ricky se separó apenas, dejando sus labios a pocos centímetros de los de ella, y le susurró palabras sobre lo hermosa que era, sobre lo mucho que le gustaba y sobre lo que provocaba cuando lo miraba, desmontando cada palabra una inseguridad tras otra. Sofi volvió a besarlo siendo ella quien cerró la distancia: sus manos encontraron sus hombros, después su cuello, y Ricky volvió a acercarla mientras la respiración de ambos se volvía más profunda. El mundo parecía reducido a aquella habitación, a la pared, a las manos, a los besos y a la piel erizándose con cada acercamiento. Sofi cerró los ojos y durante unos minutos dejó de pensar: no quiso analizar, comparar ni preguntarse qué significaba aquello, solo quiso sentir que alguien la encontraba hermosa, que alguien tenía ganas de estar cerca, que todavía podía despertar deseo y, sobre todo, sentir que todavía era una mujer capaz de provocar algo. Porque Luis había conseguido que Sofi comenzara a esconderse: a vestirse de manera más sencilla, a dejar de arreglarse, a pensar dos veces antes de ponerse algo que le gustaba y a preguntarse si su cabello estaba bien, si sus uñas llamaban demasiado la atención, si su ropa era demasiado ajustada o si su cuerpo era suficiente. Ricky no le estaba diciendo que cambiara, le estaba haciendo sentir que no necesitaba hacerlo, y quizás eso fue lo que más la desarmó.

 

Más tarde, Sofi regresó a casa de Luis. Él estaba dormido, la habitación estaba en silencio y Sofi se acostó a su lado. Mientras Luis respiraba profundamente, ella permaneció despierta mirando el techo, pensando en Ricky: en sus palabras, en sus manos, en sus besos y en la manera en que la había mirado. Entonces comprendió algo que le dolió: no era solamente que Ricky le hubiera gustado, era que Ricky había despertado una parte de Sofi que llevaba mucho tiempo dormida; una parte que quería sentirse deseada, hablar, ser escuchada y volver a sentirse bonita. Luis había conseguido hacerla sentir así una vez, hacía mucho tiempo, pero después vinieron el cansancio, las excusas, la falta de ganas y la distancia, haciendo que Sofi comenzara a desaparecer poco a poco dentro de su propia relación. Dejó de arreglarse, dejó de intentar sorprenderlo y dejó de esperar que notara su cabello nuevo, sus uñas, su ropa o su esfuerzo; era como si poco a poco Luis hubiera conseguido convertirla en una sombra detrás de él, siempre presente pero rara vez observada.

 

Un día Sofi quiso ponerse algo diferente. Su abdomen siempre había sido llamativo, le gustaba, y aquella vez decidió usar un crop top. Se miró al espejo, sonrió y por unos segundos se gustó, hasta que Luis la vio y le dijo: «Quítate eso». Sofi lo miró y preguntó «¿Por qué?», a lo que él respondió: «No tienes el cuerpo para ese tipo de ropa. Conmigo no vas a salir así. Cámbiate». Hubo silencio y Sofi se cambió, no porque creyera que él tenía razón, sino porque no quería discutir, pero aquellas palabras se quedaron dentro de ella. Ese mismo día Luis revisó su teléfono, encontró a Ricky y lo bloqueó de WhatsApp, redes, número y todo. Sofi quiso hacer lo mismo con aquel chico de las videollamadas, pero Luis se negó diciendo «Mi celular es personal». Cuando ella reclamó «Pero tú revisaste el mío», él respondió «Es diferente, porque él es mi amigo desde hace muchísimo tiempo. Tienes que respetar mis amistades». Sofi sabía quién era porque Luis mismo le había contado que se había besado con aquel chico un par de veces cuando nadie los veía, y aun así Ricky era el problema que debía desaparecer mientras el otro podía quedarse: las reglas nunca parecían ser iguales.

 

Pero hay algo que Sofi tardaría mucho tiempo en entender: no siempre podemos convertir a alguien en monstruo simplemente porque no nos elige. El amor es libre: el otro es libre de quererte y también es libre de no hacerlo como tú necesitas, lo cual no convierte automáticamente a nadie en un monstruo, aunque tampoco significa que tengas que conformarte. El problema era que Sofi tenía miedo a perder, a quedarse sola y a descubrir que, si soltaba aquella relación, quizás nadie volvería a elegirla. Por eso aceptaba pequeñas dosis —un mensaje, una caricia, una promesa, una noche, un beso, un «te amo»—: lo suficiente para quedarse, pero nunca lo suficiente para sentirse llena. Ricky no era la solución, Luis tampoco era necesariamente un monstruo y Sofi no era una víctima perfecta; era una mujer intentando sobrevivir emocionalmente con las herramientas que tenía, una mujer que confundía el miedo al abandono con la necesidad de permanecer y que había comenzado a aceptar migajas porque tenía miedo de descubrir qué ocurriría cuando dejara de recibirlas.

 

Años después, al abrir nuevamente aquel baúl, Sofi entendió que el recuerdo de Ricky no sobrevivía por el beso, sino por lo que el beso le había demostrado: que todavía podía sentirse deseada, conversar durante horas, ser escuchada, vestirse como quisiera, mirarse al espejo y gustarse, y que todavía existía una Sofi debajo de todas las inseguridades. Quizás Ricky nunca fue el punto; el punto era que, por unas horas, Sofi recordó quién era antes de empezar a hacerse pequeña para caber en una relación, y eso era lo que más dolía. A veces no necesitamos que otra persona nos enseñe a querernos, solo necesitamos que alguien deje de convencernos de que no somos suficientes.

 

Sofi cerró el baúl y esta vez no quiso borrar el recuerdo: lo dejó allí, no como una historia de amor ni de traición, sino como la prueba de que, incluso cuando alguien consigue hacerte sentir pequeña durante mucho tiempo, todavía puede existir dentro de ti una mujer que quiere ocupar todo el espacio, ser mirada, escuchada, deseada y elegida; una mujer que todavía está aprendiendo que el amor no debería administrarse en microdosis porque nadie debería tener que vivir preguntándose cuánto amor puede recibir antes de que se lo retiren. Y quizás esa fue la verdadera lección que Sofi se llevó de aquella noche: no necesitaba que Ricky la hiciera sentir mujer, necesitaba dejar de vivir como si hubiera olvidado que ya lo era.

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